• Omar Linares

La lección de Séneca sobre el coronavirus


Séneca (Thomas de Leu, 1560-1620). Imagen libre de derechos cortesía de la National Gallery of Art de Washington. La imagen vectorial está tomada de iconfinder.com/justicon

“No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba”. Lucio Anneo Séneca.


El coronavirus lo ha cambiado todo. Nunca pensamos que algo invisible a los ojos pudiera paralizar el mundo y obligarnos a encerrarnos en nuestras casas durante meses. No lo imaginábamos, aunque conocíamos casos de pandemias en la historia que provocaron lo mismo. A pesar de que ya había pasado, nos impactó como si nunca hubiera ocurrido, ya que la pandemia, aunque posible, no formaba parte de lo que considerábamos normal. No la teníamos presente como posibilidad y, por esa razón, para nosotros era como si no existiese.


Pero existía, y ocurrió. Rompió nuestra normalidad, lo que dábamos por seguro y estable, mostrándonos la fragilidad de aquello que damos por sentado, permitiéndonos reflexionar sobre nuestras certezas y cómo éstas a veces limitan nuestra comprensión. Por tanto, ¿qué es la normalidad?


Cuando decimos que algo es normal hacemos referencia a su constante presencia, al hecho de que ocurra de forma común. Normal es que salga agua del grifo cuando lo abro, que el coche arranque cuando giro la llave, que mi teléfono se active cuando toco la pantalla o que la tienda en la que quiero comprar esté abierta si me acerco a ella en horario comercial. De este modo, lo normal es aquello que ocurre tal y como suele hacerlo y, como suele ocurrir así, doy por hecho que seguirá haciéndolo del mismo modo.


Sentir que todo va a funcionar como lo ha hecho hasta ahora nos aporta tranquilidad, nos hace sentir bien. Si la incertidumbre nos inquieta, lo estable nos transmite una sensación de control: nos dice que dominamos nuestro entorno y podemos planificar sobre él para hacer realidad nuestros deseos. De este modo, obviamos los innumerables factores que son necesarios para que lo “normal” siga ocurriendo.


Construimos nuestra vida sobre esa normalidad pensando que es un terreno estable para ello, dando por sentado que todo va a funcionar siempre. No importa las veces que la realidad nos haya mostrado su tendencia al cambio, su gusto por lo inesperado. Dan igual los innumerables giros que encontramos en los libros de historia, los cambios de paradigma o la inauguración de nuevas eras. Tampoco tenemos presente la serie de pequeñas revoluciones que han ocurrido en nuestra vida personal, que nos permitieron avanzar hacia nuevas etapas.


Pese a todo, seguimos pensando que lo correcto, lo adecuado, es que todo ocurra como hasta ahora. Nuestro cerebro necesita poder predecir lo que ocurrirá, y se lo hemos permitido porque pensábamos que era la única forma de vivir sin miedo. Nos equivocamos.


El coronavirus no ha venido a enseñarnos nada (no creo que su propósito, de tenerlo, sea didáctico), pero nos da la oportunidad de aprender una lección importante. La lección del coronavirus es que la normalidad no existe. Que cada día, al levantarnos, no se nos permite dar por sentado que todo será como hasta ahora. Porque algo podría fallar, o cambiar, o surgir. De hecho, suele ser así.


¿Entonces qué? ¿Debemos pasarnos la vida en vilo, atemorizados por lo que vendrá? En absoluto. A decir verdad, se trata justo de lo contrario. Puede aterrarnos el hecho de que cuanto nos rodea pueda cambiar de la noche a la mañana, pero ese hecho es también la principal razón para vivir un presente más pleno. Lo que tenemos hoy podríamos no tenerlo mañana, y eso hace del ahora un espacio de riqueza hasta ahora ignorada. Cuando pienso que algo va a estar siempre ahí, por lo general tiendo a valorarlo menos y centrarme en otras cosas pero, ¿qué pasa cuando me doy cuenta de que nada de lo que me rodea es estable?


Una posibilidad es practicar el autoengaño y volver conscientemente a la ingenuidad anterior, convenciéndonos de que estamos exentos de todo cambio: el “a mí no me va a pasar”. Sin embargo, romper con esta creencia es un acto de liberación porque, ¿de verdad no quiero que nada cambie en mi vida? Si el cambio es una propiedad de lo vivo, como ser vivo estoy atado a sus leyes, obligado a aceptarlas como condición de la realidad y puedo llegar a verlas como algo positivo, aunque sus consecuencias no siempre lo sean.


No se trata de ignorar el miedo a perder lo que tengo, sino de no necesitar ese miedo para apreciarlo, cultivarlo y protegerlo.


Esta es una de las ideas principales que Séneca plasmó en sus escritos consolatorios, textos destinados a ayudar a personas que atravesaban periodos de duelo o pérdida. Según él, nada de lo que tenemos nos pertenece, ni siquiera nuestra vida, por lo que todo cuanto hemos recibido desde nuestro nacimiento debe ser entendido como lo que es: un regalo. ¿Algo ha obligado a que estemos vivos ahora? No, sin embargo llevamos años disfrutando de nuestra existencia.


Este agradecimiento por el mero hecho de estar vivo y todo cuanto poseemos en nuestra vida es lo que permite mirar el cambio desde otra perspectiva. Cuando siento que pierdo algo, puedo darme cuenta de que realmente no pierdo nada, ya que me desprendo de aquello que disfruté y nunca me perteneció. Un empleo, un coche, una forma de vida. Los tuve y dejé de tenerlos. Cambiaron como cambia todo. El mundo continúa y yo con él.


Séneca nos invita así a la práctica del agradecimiento, en la que contemplamos cuanto tenemos en el presente mientras tomamos conciencia del tiempo que hemos gozado de ello. Así, la inestabilidad permite una nueva mirada que pone en valor lo que poseemos, hemos recibido o construido, y lo hace sin necesidad de apego. Lo que tengo hoy, podría no tenerlo mañana y eso no está bien ni mal. Sencillamente está. Simplemente, es.


Muchas veces hemos mirado atrás y, apoyados en la perspectiva del presente, hemos reconocido que lo que en su día vivimos como una catástrofe, en la actualidad vemos que fue un cambio a mejor o, al menos, provocó una adaptación a la nueva situación que acabó por mejorar nuestras vidas significativamente. Ya sea por lo que nos enseñó, por lo que nos obligó a hacer o porque ahora entendemos que sencillamente había llegado el momento de iniciar una nueva etapa, el cambio suele permitirnos una lectura reconciliadora.


El cambio no arrebata, solicita que le devolvamos lo que nunca fue nuestro y nos invita a construir de nuevo aquello que queremos mantener.


Es posible renovar nuestro concepto de normalidad e incluir en él todo lo que solíamos ignorar. Reciclar de nuestro pensamiento aquellas ideas que definían la estabilidad con lo que ahora sabemos es estancamiento: no para vivir en el vacío, sino para estar más presentes que nunca. Asumir el carácter cambiante de la realidad permite que todo cuanto desarrollemos en ella se haga de forma más lúcida.


Aceptar el cambio no es rendirse, es entender el juego y decidir seguir jugándolo. Normal no es lo que ocurre como solía ocurrir. Normal es lo que ocurre, sin más, porque siempre hay cambio, sea a mayor o menor escala.


Ni vieja ni nueva normalidad. Mejor sumerjámonos en una plena actualidad, un presente constante rico en cambio, de infinitas variables que invitan a la innovación, la adaptación y la reflexión. Practiquemos la mirada que capta en lo real la oportunidad; que no se centra en lo que se perdió, sino en lo que se puede construir tras la pérdida, consciente de que cuando nos obcecamos en lo que perdemos, también nos negamos las nuevas posibilidades que surgen en el espacio que queda libre.


Ahora que salimos del estado de alarma, tenemos la oportunidad de inaugurar un nuevo estado de conciencia. Porque da igual cómo definamos la normalidad, lo único importante es cómo decidimos vivirla en nuestro día a día.

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