• Omar Linares

Mi propósito (una declaración de intenciones)



Quisiera plasmar en estas líneas las conclusiones, parciales y temporales como siempre son las conclusiones, que he obtenido al reflexionar sobre la actividad que he realizado en los últimos años. Siempre he considerado de vital importancia que mi vida fuera un fiel reflejo de lo que soy, y que mis actos fuesen la expresión de eso mismo. No definiré aquí lo que soy (no creo estar preparado aún para tal fin, de hecho dudo si es una tarea alcanzable), pero sí que propondré, de forma breve y directa, la comprensión más básica de mi quehacer.


Al objeto a definir lo llamaré propósito, a falta de un término mejor. Con propósito no quiero hablar de nada realizable de una vez por todas, de un objetivo finito a alcanzar y después pasar a otra cosa. Me refiero a algo más interno y esencial, algo que considero me define y lo lleva haciendo desde que tengo memoria. Un thelos (cuánto me alegro de haber elegido este nombre para mi consulta), un impulso que me eleva hacia lo que soy, que orienta mi movimiento sin reducirme a él. Porque soy mucho más que eso. Todos somos mucho más que lo que hacemos.


Si hay una tesis básica en mi corazón, una única idea indudable, es que la vida merece la pena ser vivida. Sin más. No necesito conocer todas y cada una de las facetas, actos y eventos de la vida para afirmarla. Para mí se trata de algo más íntimo, de una creencia que sostiene todas las demás y que es capaz de fundamentar una vida. La vida merece, y si merece la pena, también permite la alegría, el gozo y el sentido. Reconozco que no hay un recoveco de mi existencia en el que no pruebe a hacer resonar esta melodía, para tratar de bailar según su compás (aunque no siempre lo oiga).


Tan convencido estoy de que la vida merece ser vivida que no me imagino haciendo otra cosa que no sea transmitirlo a otros. Contagiarlos de vida, empaparlos con la invitación a su intensidad, sin jamás decir cómo ni por qué. Nunca he querido dar respuestas, no me gusta señalar caminos, pero hay algo muy profundo en mi ser que vibra cuando acompaño en esta tarea a otros.


Creo que todo ser humano que se lo proponga dispone de las herramientas necesarias para afirmar la totalidad de la vida. Y si no las tiene, al menos, posee lo necesario para adquirirlas. Afirmar la vida significa ser capaz de ver que en ella es posible encontrar ríos, mares e incluso océanos de lágrimas, pero también todo tipo de parajes naturales de inigualable belleza. Es saber que son casi infinitas las posibilidades que en ella habitan, y sentirnos acogidos en su seno porque así sea. Afirmar la vida es no conocer la ruta que seguiremos, no saber qué encontraremos en ella, pero aun así querer transitarla.


Mi objetivo es reconciliar a todo aquel que lo desee con la vida. Es acompañarlo en su proceso de reflexión, de profundización y crecimiento para que sea capaz de incluir en él todos los elementos de su experiencia. Confío en que con la suficiente perspectiva, cualquier situación insostenible puede ser sostenida, para después incluso tornarse fluida. Esta confianza en la reconciliación con la vida, que a veces reconozco parece tratarse más de un acto de fe (porque la defiendo incluso cuando me quedo sin argumentos), es la que siento reafirmada tras salir de cada tempestad interna. Se confirma en mí y la veo confirmada en aquellos con los que trabajo, cuando percibo en sus ojos la calma que genera la comprensión de lo que es, el asentimiento de lo que hay y la armonía en todo ello.


Esto es lo que llamo reconciliarse con la vida, el acto de afirmar sin contradicción cuanto hay en ella, de saborear cada uno de sus matices y que el regusto final sea dulce. O salado. Pero nunca amargo, o al menos no constantemente.


Para mí, reconciliarse con la vida es también reconciliarse con uno mismo. Hacerlo implica un cambio de perspectiva, más bien de espectador, que nos lleva del “yo contra mí mismo” al “yo conmigo mismo”. Es el paso del juicio a la convivencia, puede que incluso a la compasión. Reconciliarse con uno mismo implica comprender que no hay nada en nosotros que debamos rechazar, que no estamos rotos ni deambulamos por el mundo perjudicándonos a nosotros mismos debido a esas roturas irreparables. Reconciliarse con uno mismo supone también comprender que todo cuanto hay en nosotros busca nuestro bien y cuidado, que pretende protegernos, aunque en ocasiones logre exactamente aquello que pretende evitar. Es acoger lo improductivo, lo errado, lo temeroso de nuestro ser y responsabilizarnos de su desarrollo.


Dando ese paso atrás en nuestra perspectiva, mirándonos con amplitud, es como abrimos la puerta a conectar con nuestro ser. Y digo ser, aunque bien podría decir identidad, esencia, autenticidad o yo verdadero. O cualquier término que signifique eso que realmente sentimos que somos, nuestra versión más “yo”, aquella a la que llegamos cuando nos sentimos en paz y armonía con todo, por escasos que puedan ser esos momentos.


Considero que aquí es donde nacen los propósitos, los objetivos auténticos, las metas para una vida. Al menos ahí es donde se manifiestan, a través de esa voz que nos habla desde dentro y nos dice quiénes somos, cuánto valemos y a dónde queremos dirigirnos. Y digo “queremos”, porque no se trata de cumplir un destino escrito, sino de escribir uno propio, realizar un sentido. Cuando miro dentro de mí, siento que es mi propósito posibilitar que esta experiencia se dé en otros.


Por eso hago lo que hago. Por eso siempre supe que lo haría. Por eso seguiré haciéndolo a través de todos los caminos que me sean posibles. Este es mi propósito, y siento que tiene la fuerza suficiente para impulsar mil vidas (y yo solo tengo una, así que será suficiente).


¿Cuál es el tuyo?

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